La Ley del Mango

En Miami, si tienes que comprar mangos, es porque no tienes amigos.

Cada verano ocurre el mismo milagro. Los árboles producen tantos mangos que sus dueños llegan a la desesperación. Empiezan regalándoles a los hijos, luego a los vecinos, después a los compañeros de trabajo y, cuando ya nadie les acepta uno más, terminan persiguiendo al cartero, al jardinero y al repartidor de Amazon con una bolsa en la mano.

Aquí no se compran mangos. Circulan.

Por eso casi me caigo de la silla cuando escuché en la radio que Miami-Dade castiga el robo de mangos.

¿Robo?

Toda la vida pensé que el mayor problema de un árbol de mangos era encontrar a quien quisiera llevárselos.

Pero la noticia me hizo pensar en otra cosa.

¿Qué pasa con ese mango que cuelga sobre la acera, saludando a todo el que pasa? Ese que parece decirte: «Llévame contigo». Uno podría jurar que el mango decidió independizarse y mudarse al dominio público. Pues parece que no. Según el condado, el mango sigue siendo del dueño del árbol.

Pero… ¿quién se resiste a esa tentación? Vas caminando, no hay nadie mirando, estiras la mano y entonces… ¡zas!… ¡Vente conmigo!

Para evitarme una multa de doscientos dolores, yo prefiero seguir fiel a la vieja tradición miamense: esperar a que algún amigo me regale unos mangos de la mata de su casa.

Porque, al fin y al cabo, en Miami comprar mangos siempre tendrá un ligero aire de derrota social.

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