Bendito Papel Toilet

Yo soy de los que no salgo de casa sin antes haber cumplido con el ritual matutino de una visita al baño. Es una norma de prudencia elemental, casi una medida de seguridad personal. Uno puede olvidarse del celular, pero hay diligencias fisiológicas que conviene resolver antes de lanzarse al mundo.

Pero toda regla tiene su excepción.

Hoy, en un restaurante, me vi obligado a romper con mi norma. Todo marchaba dentro de los parámetros normales de la vida civilizada… hasta que extendí la mano en busca del indispensable papel toilet.

¡Terror! El dispensador estaba vacío.

En ese instante comprendí cuán frágil es el andamiaje de nuestra civilización. La humanidad se jacta de grandes conquistas —la rueda, la imprenta, la electricidad, el internet— pero pocas han contribuido tanto a la dignidad cotidiana del ser humano como el modesto rollo de papel toilet.

Uno recuerda imperios, revoluciones, tratados de paz, constituciones, avances científicos… y sin embargo toda esa historia reposa, silenciosamente, sobre la humilde certeza de que en algún lugar cercano habrá papel suficiente para salvar nuestro decoro.

Es curioso cómo uno de los pilares más importantes de la vida moderna suele pasar inadvertido. Nadie levanta estatuas al papel toilet. Ningún libro de historia dedica capítulos a su desarrollo. Ni existen días nacionales para celebrarlo.

Y, sin embargo, basta su ausencia para que el individuo más seguro de sí mismo experimente una crisis existencial de proporciones notables.

Por fortuna, tras una breve exploración, descubrí bajo el lavamanos una discreta provisión del tan necesario producto.

Confieso que nunca antes un objeto tan humilde me había inspirado una gratitud tan profunda.

Bendito papel toilet. 🧻

Tortugas protestan por falta de hembras

En una isla del lago Prespa, en Macedonia del Norte, hay 19 tortugas machos por cada hembra. ¡Diecinueve a una! Eso no es un zoológico, es una despedida de soltero permanente. Las pobres hembras no pueden dar abasto ante la altísima demanda de sus servicios de apareamiento.

Dicen que algunas hembras, extenuadas, terminan cayéndose por los barrancos. No porque quieran volar. Porque no aguantan su situación. Imagínate vivir así: sales a tomar el sol y tienes una fila de pretendientes detrás. Sales a caminar y tienes otra fila delante. Ni las tortugas aguantan tanto “romance”.

Era un hombre pegado a una barriga

Esa mañana, al despertar, supe de inmediato que algo había cambiado. Mi cuerpo se sentía… distinto. Más pesado. Más voluminoso… ¡Menos mío!

Me senté en el borde de la cama, me froté los ojos y al ponerme de pie la vi.

Allí estaba. Redonda. Oronda. Imponente. Como si hubiera crecido de repente durante la noche.

Mis ojos no podían creerlo y mis pantalones tampoco.

Intenté ocultarla. Me vestí con ropa holgada, la metí hacia adentro, caminé erguido como soldado en desfile… pero nada funcionaba. Allí seguía, justo delante de mí, marcando el rumbo como una brújula que solo me encaminaba hacia restaurantes, Publix, panaderías y cafeterías.

Donde hubiera comida, allá iba ella… y yo detrás.

Decidí deshacerme de ella. La abandoné en un parque mientras caminaba rápido, sin mirar atrás. Pero pronto logró encontrarme, como gato que siempre vuelve a casa.

Intenté deshacerme de ella en un gimnasio. Pensé que el ambiente la intimidaría. Iluso de mí. La muy descarada llevaba chocolates escondidos en mis pantalones.

Al final, no tuve más remedio que rendirme ante ella.

Me despertaba para alimentarla temprano, luego pedía comida a media mañana, después a cualquier hora “por si acaso”. Su apetito no tenía fondo.

Poco a poco, su presencia dejó de darme vergüenza y empezó a resultarme familiar… aceptable.

Le compré ropa más grande para su comodidad. Aprendí sus gustos y antojos. La complacía y ella me recompensaba con gloriosas siestas digestivas.

Al correr del tiempo, ella se volvió mi compañera inseparable. Iba conmigo a todas partes. La gente la miraba. Yo también… pero ya sin pena. Hasta empecé a mostrarla con cierta arrogancia, como las mujeres que presumen de su embarazo.

Y así, sin darme cuenta, dejamos de ser dos para convertirnos en uno solo.

Aprendí a complacer sus caprichos y aceptar su presencia. Ella, a cambio, me deja disfrutar cada bocado sin remordimiento… bueno, hasta que tengo que abrocharme el pantalón.

¿Qué sería de mí sin ti… mi barriga?

Coco vs. Brightline

La fría noche del 15 de enero, COCO avanzaba muy despacio para completar otra entrega de comida, se detuvo sobre los rieles del famoso Brightline.
Y de allí no se movió más.

Lo inevitable ocurrió.
El tren pasó.
Y se lo llevó… ¡para siempre!

Ese fue el fin inevitable de COCO.
La prensa informó que no hubo heridos ni muertos.
¡Claro! Si la víctima era de plástico y metal.

De esta manera, el tren Brightline cobró otra víctima más en su historial:
Más de 200 accidentes, más de 180 fatalidades
¡Y ahora, un robot!

Ya comiste, ya te vas

Todo indica que a María Corina Machado la negrearon. No por falta de méritos, sino por exceso de protagonismo. Trump la recibió en privado, sin medios, y por la puerta trasera. En la Casa Blanca hasta el dignatario más pata en el suelo entra por delante. Eso no es casualidad. Es mensaje.

La foto con la medalla fue el máximo gesto permitido; de ahí para adelante no se sabe más nada. Ella entró, comió y salió igual que como había entrado. Pero, queda la duda: ¿se estará cocinando algo tan serio que exige discreción absoluta… o simplemente la visita apestaba demasiado como para sacarla por la puerta principal?

Lo cierto es que María Corina comió y se fue. La cuenta la pagó Trump.

Sordera Ideológica

Los médicos otorrinolaringólogos han alertado a la población sobre un aumento de casos de sordera selectiva en mujeres blancas cercanas a los 40 años.
El daño no radica en el oído, sino entre el tímpano y el cerebro, en una zona oscura, llamada The Black Hole, donde se cree que suelen alojarse impulsos protestatarios y revolucionarios.

Las pacientes oyen perfectamente pitos, consignas y tambores, pero no son capaces de escuchar palabras como ley, frontera o ICE.
Curiosamente, el mismo patrón solo aparece en varones gays o transgénero. El resto de los hombres no presenta dichos síntomas.

Los especialistas han dejado muy en claro que no se trata de sordera clínica, sino ideológica.