Yo soy de los que no salgo de casa sin antes haber cumplido con el ritual matutino de una visita al baño. Es una norma de prudencia elemental, casi una medida de seguridad personal. Uno puede olvidarse del celular, pero hay diligencias fisiológicas que conviene resolver antes de lanzarse al mundo.
Pero toda regla tiene su excepción.
Hoy, en un restaurante, me vi obligado a romper con mi norma. Todo marchaba dentro de los parámetros normales de la vida civilizada… hasta que extendí la mano en busca del indispensable papel toilet.
¡Terror! El dispensador estaba vacío.
En ese instante comprendí cuán frágil es el andamiaje de nuestra civilización. La humanidad se jacta de grandes conquistas —la rueda, la imprenta, la electricidad, el internet— pero pocas han contribuido tanto a la dignidad cotidiana del ser humano como el modesto rollo de papel toilet.
Uno recuerda imperios, revoluciones, tratados de paz, constituciones, avances científicos… y sin embargo toda esa historia reposa, silenciosamente, sobre la humilde certeza de que en algún lugar cercano habrá papel suficiente para salvar nuestro decoro.
Es curioso cómo uno de los pilares más importantes de la vida moderna suele pasar inadvertido. Nadie levanta estatuas al papel toilet. Ningún libro de historia dedica capítulos a su desarrollo. Ni existen días nacionales para celebrarlo.
Y, sin embargo, basta su ausencia para que el individuo más seguro de sí mismo experimente una crisis existencial de proporciones notables.
Por fortuna, tras una breve exploración, descubrí bajo el lavamanos una discreta provisión del tan necesario producto.
Confieso que nunca antes un objeto tan humilde me había inspirado una gratitud tan profunda.
Bendito papel toilet. 🧻
