Ya llegaron los taxis sin chofer. Waymo anda por Miami y los Cybercab de Tesla ya están circulando en Austin, TX.
Muy bonito todo. Pero yo tengo una pregunta: ¿Y ahora con quién carajo converso? Porque para mí el chofer siempre ha formado parte del servicio.
Uno se monta en un taxi y en veinte minutos se entera de que el hombre llegó de Cuba en el Mariel, que en Venezuela era ingeniero, que la mujer lo dejó, que el hijo estudia medicina, que Miami está imposible y que él conoce un restaurante nicaragüense donde todavía se come bueno y barato. Todo eso viene incluido en la tarifa.
Estos nuevos taxis sin chofer, en cambio, son muy eficientes, muy tecnológicos y todo, pero ¡muy aburridos!
¿A quién le cuento que hoy me fue mal? ¿Quién me cuenta un chiste malo?¿Quién me dice que por ahí no, porque a esta hora la 836 está imposible?¿Quién se equivoca de salida y después le echa la culpa al GPS? Porque hasta equivocarse acompañado tiene su encanto.
Si voy a pagar lo mismo —o más— por recibir menos: menos compañía, menos conversación, menos cuentos y menos humanidad, entonces no me sirve. A esta ecuación le falta una pieza: el chofer.
Me pueden llamar anticuado, pero yo prefiero que me lleve una persona. Aunque se pase de la salida. Aunque hable demasiado. Aunque de vez en cuando se equivoque de ruta por culpa del GPS.
