Esa mañana, al despertar, supe de inmediato que algo había cambiado. Mi cuerpo se sentía… distinto. Más pesado. Más voluminoso… ¡Menos mío!
Me senté en el borde de la cama, me froté los ojos y al ponerme de pie la vi.
Allí estaba. Redonda. Oronda. Imponente. Como si hubiera crecido de repente durante la noche.
Mis ojos no podían creerlo y mis pantalones tampoco.
Intenté ocultarla. Me vestí con ropa holgada, la metí hacia adentro, caminé erguido como soldado en desfile… pero nada funcionaba. Allí seguía, justo delante de mí, marcando el rumbo como una brújula que solo me encaminaba hacia restaurantes, Publix, panaderías y cafeterías.
Donde hubiera comida, allá iba ella… y yo detrás.
Decidí deshacerme de ella. La abandoné en un parque mientras caminaba rápido, sin mirar atrás. Pero pronto logró encontrarme, como gato que siempre vuelve a casa.
Intenté deshacerme de ella en un gimnasio. Pensé que el ambiente la intimidaría. Iluso de mí. La muy descarada llevaba chocolates escondidos en mis pantalones.
Al final, no tuve más remedio que rendirme ante ella.
Me despertaba para alimentarla temprano, luego pedía comida a media mañana, después a cualquier hora “por si acaso”. Su apetito no tenía fondo.
Poco a poco, su presencia dejó de darme vergüenza y empezó a resultarme familiar… aceptable.
Le compré ropa más grande para su comodidad. Aprendí sus gustos y antojos. La complacía y ella me recompensaba con gloriosas siestas digestivas.
Al correr del tiempo, ella se volvió mi compañera inseparable. Iba conmigo a todas partes. La gente la miraba. Yo también… pero ya sin pena. Hasta empecé a mostrarla con cierta arrogancia, como las mujeres que presumen de su embarazo.
Y así, sin darme cuenta, dejamos de ser dos para convertirnos en uno solo.
Aprendí a complacer sus caprichos y aceptar su presencia. Ella, a cambio, me deja disfrutar cada bocado sin remordimiento… bueno, hasta que tengo que abrocharme el pantalón.
¿Qué sería de mí sin ti… mi barriga?
