Ya comiste, ya te vas

Todo indica que a María Corina Machado la negrearon. No por falta de méritos, sino por exceso de protagonismo. Trump la recibió en privado, sin medios, y por la puerta trasera. En la Casa Blanca hasta el dignatario más pata en el suelo entra por delante. Eso no es casualidad. Es mensaje.

La foto con la medalla fue el máximo gesto permitido; de ahí para adelante no se sabe más nada. Ella entró, comió y salió igual que como había entrado. Pero, queda la duda: ¿se estará cocinando algo tan serio que exige discreción absoluta… o simplemente la visita apestaba demasiado como para sacarla por la puerta principal?

Lo cierto es que María Corina comió y se fue. La cuenta la pagó Trump.

Y siguen las renovaciones

Al regresar a la Casa Blanca, Trump no solo recuperó su antiguo dormitorio, sino también el legendario baño de Lincoln, un espacio histórico que lleva su nombre por estar junto a su habitación.
El expresidente ordenó cubrirlo de mármol blanco y negro, con acabados dorados y un aire de lujo moderno. ¡Típico del Presidente!
Hoy el baño luce impecable, y Trump triunfante se ha adjudicado otro espacio histórico, remodelado a su gusto y medida, muy a pesar de los zurdos que están rabiando a más no poder.

El Builder-in-Chief

Karoline Leavitt, secretaria de prensa de la Casa Blanca, dijo esta semana que “Trump is the builder-in-chief.”
Y él no ha perdido tiempo en demostrarlo acometiendo la demolición del Ala Este para la construcción del nuevo salón de baile,
piedra a piedra, ladrillo a ladrillo, o en este caso, bloque a bloque.

La Bestia y la Bella de la Casa Blanca

Durante buena parte del desgobierno de Biden, la Casa Blanca tuvo de vocera a una imbécil cuyo mayor talento era leer… y, pa’remate, lo hacía bien mal.

Karine Jean-Pierre, la Bestia de este cuento —y no por culpa de un hechizo. Sino por bruta, fea e inepta. Bruta, porque no sabía ni qué decía.Inepta, porque cada respuesta era incierta y falsa. Y fea… bueno, su peinado parecía un coleto sucio olvidado en un pasillo de la Casa Blanca.

Y entonces, llegó Trump y apareció Karoline Leavitt. Con apenas 27 años y más agallas que todo el partido demócrata completo, barrió la sala de prensa sin trapeador.

La Bella. No solo por linda (que lo es y mucho), sino por eficaz. Porque por fin alguien habla sin temblar, sin leer, y sin pedir perdón.

Donde antes había confusión, ahora hay certeza. Donde antes había incertidumbre, ahora hay resultados. Y los periodistas, que antes salían de la Sala de Prensa con dolor de cabeza y hasta nauseas, ahora al menos salen informados.

Ya hay quienes llaman a Leavitt “la francotiradora de la Casa Blanca”. Y no es para menos: donde ella pone el ojo va una categórica respuesta. ¡No se le escapa ninguna!