El dedo de Trump

En su reciente visita a la planta de Ford en Michigan, el presidente Donald Trump recorrió las instalaciones saludando, sonriendo poco y escuchando menos. Todo iba según el guion hasta que, desde la línea de producción, un trabajador decidió salirse del libreto y le gritó: “Protector de pedófilos”.

Trump lo escuchó y respondió, no con palabras medidas ni con gesto diplomático, sino con el dedo medio, ese que no necesita traducción ni intérprete.

Después del incidente, en la Casa Blanca analizaron el video del caso en el Situation Room. Confirmaron la autenticidad del video, verificaron que se trataba del presidente y concluyeron que su reacción fue “apropiada”: apropiada porque hubo provocación, apropiada porque fue humana y apropiada porque, al parecer, los presidentes también tienen derecho a arrecharse.

Mientras algunos criticaban la falta de dignidad presidencial, otros señalaron que Trump no fingió ni esperó el comunicado de prensa. Simplemente, reaccionó como lo haría cualquier otro ser humano.

Ford suspendió al trabajador, la Casa Blanca cerró filas en defensa del presidente y el país siguió discutiendo no sobre el gesto, sino sobre su legitimidad, aun en manos de un presidente.

Este es el final de esta historia; mañana, seguramente tendremos otra más.

¡Toma y Dame!

María Corina Machado la puso completica cuando salió ofreciéndole a Trump públicamente su Nobel, como si estuviera diciendo en voz alta lo que muchos pensaron en silencio: esto es un toma y dame.

“Yo te doy el Premio Nobel que tú tanto quieres, y tú me das la presidencia de Venezuela ¿sale y vale?”

Cuando le explicaron que el Nobel ni se compra ni se vende, como el cariño verdadero, se hizo la ofendida. Pero ya el mensaje estaba claro: el Premio Nobel había sido puesto sobre la mesa como ficha de un cambalache.

Ella creyó que podía cambiar el Premio Nobel por poder real.
Pero le dijeron que no: que el Nobel no se puede usar para canjearlo por la presidencia de un país.

El toma y dame no resultó, pero la intención de ella quedó al descubierto. ¡Qué vergüenza!

Cuidado con los baños de Florida

Un tipo fue a comer a Outback.
Le dieron ganas de ir al baño.
Y mientras hacía lo suyo… ¡SORPRESA!.
El inodoro explotó.

Resultado: lesiones de consideración.

Según el mismo afectado establece en su demanda, sufrió daños corporales serios y permanentes, incluyendo pérdida de funciones físicas, dolor, cicatrices y pérdida del disfrute de la vida, lo que incluye el disfrute sexual.

Pero Outback no es el único restaurante de Florida con problemas en sus instalaciones sanitarias.

Dunkin’ también fue demandado luego de que un cliente denunciara que un inodoro explotó, dejándolo cubierto de heces y orina y con daño psicológico severo, que le ha requerido una costosa terapia psicológica.

Definitivamente, en Florida ir al baño de un restaurante se ha vuelto una actividad de alto riesgo… ¡solo para valientes!
Así que si vas al baño, lleva contigo tu póliza de seguro y el teléfono de tu abogado, por si acaso.

El Troll de la Izquierda

Si no sabes lo que es un TROLL, aquí tienes el mejor ejemplo posible:

El presidente Trump tomó el control del Kennedy Center, barrió con su junta directiva, puso a los suyos y dejó claro que el templo cultural a orillas del Potomac ya no era un club privado progresista.

¿Resultado inmediato? Artistas cancelando, conciertos huyendo, musicales retirándose y drag queens saliendo despavoridos. Nadie los prohibió: se fueron solitos porque no soportan compartir espacio con republicanos.

Y entonces vino el remate: Trump estampó su nombre, bien visible, en el edificio. No para convencer. No para dialogar. ¡Para joder!

Trump es el TROLL de la izquierda por excelencia.

El cliente que salvó a Hooters

Foto: New York Post

Mientras muchos negocios se obsesionan con atraer jóvenes sin dinero y con demasiadas opiniones, Hooters entendió —tarde, pero a tiempo— quién sí es su verdadero cliente, el de verdad, verdad:
El hombre mayor, tranquilo, fiel, con dinero para gastar y sin complejos.

Este no viene a “vivir la experiencia”.
Viene a sentarse, comer, conversar, reírse
y seguir siendo quien siempre ha sido.

Gracias a él, la cadena de restaurantes más atractiva a los hombres está renaciendo como ave fénix de sus cenizas.

Hooters no se salvó cambiando el menú.
Se salvó dejando de ignorar a su mejor cliente:

El americano promedio que gusta de tomarse unas cervezas y comerse unas alitas de pollo con papas fritas mientras observa las pechugas del corral.