¡Ibas!

Una hormiguita iba caminando cuando un niño la vio y le ofreció subir a su mano.

Ella aceptó y entonces procedieron a entablar una amigable conversación:

—Hormiguita, hormiguita… ¿cómo te llamas?

—Caperucita.

—Ahhh… Y veo que llevas una cestita. ¿Qué llevas ahí?

—Comidita.

—Ahhh… ¿Y para dónde vas tan contenta?

—A casa de mi abuelita.

Y… ¡zas!… Adiós, luz que te apagaste.

El niño la trituró entre sus dedos mientras le decía:

¡Ibas!

A veces basta con que te tiendan una mano amigable para cambiarte la vida por completo.

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