El mercado es el mismo, la experiencia no

Cuando llegué a este país hace casi 30 años, encontrándome aún sin trabajo, el Publix más cercano se convirtió en mi parque de atracciones gratuito. Caminaba por sus pasillos sin comprar nada, solo para ver. Me embobaba con los productos, la abundancia, y la variedad.
El anaquel de las salsas picantes, con docenas de marcas y estilos, fue para mí lo que la Torre Eiffel es para el turista primerizo: inolvidable.
Hasta hoy, ir a Publix sigue siendo un placer, como bien dice su eslogan. A veces paso más de una vez en el día, y nunca me canso de recorrerlo.

Por eso, cuando por casualidad entro a un Winn-Dixie, la experiencia me golpea. Todo es más sucio, más desordenado, más decadente. El rojo chillón en cada esquina me resulta hiriente, como si el supermercado gritara en lugar de hablar. No invita a pasear: te empuja a comprar rápido y salir huyendo.
Claro está, tiene sus ofertas, promociones agresivas y tarjetas de recompensas. Pero la experiencia ambiental es muy distinta.

No es que Winn-Dixie sea inferior, ¡para nada! Es el supermercado práctico, el de la gente que va directo al grano, que busca precio antes que entorno. Pero cuando se puede elegir, Publix es otra cosa:
Es el supermercado donde el carrito se pasea, no se arrastra. Donde la iluminación no deprime y los empleados saludan en vez de gruñir. Publix es el supermercado donde uno no solo compra: también disfruta de la experiencia.

En Miami-Dade hay 245 Publix activos. Así que vayas donde vayas, seguro hay uno a menos de 10 minutos… y si no lo hay, espéralo, que viene en camino.

🦟 Mosquitazo:
En Publix compras y paseas.
En Winn-Dixie pagas uno y llevas dos,
pero si el hambre aprieta y te marea,
¡se compra en cualquiera de los dos!

Yo no sabía que trabajaba para Publix

Yo no recuerdo haber llenado una solicitud de empleo. Ni haber ido a una entrevista. Mucho menos, haber firmado un contrato. Y sin embargo…trabajo allí.

Escaneo productos. Los meto en bolsas. Peso productos.Y hasta tengo que llamar a un supervisor cuando la máquina decide que no le gusta cómo pongo las cosas en la bandeja.

Lo más curioso de todo es que no me pagan todo mi trabajo. Nadie me ha dado un cheque. Ni un bono de productividad. Ni siquiera me han dado las gracias.

Pero ahí estoy, haciendo el trabajo que antes hacía alguien con camiseta verde y sonrisa forzada.

Al principio pensé que era una novedad. Una forma moderna de acelerar las filas. Un “extra” para los que llevamos pocas cosas. Hoy entiendo que no. No es un avance tecnológico. ¡Es una trampa! Nos convirtieron en empleados sin paga. En cajeros de fin de semana. En trabajadores silenciosos… y gratuitos.

Y lo peor es que lo aceptamos. Y hasta lo celebramos. ¡Qué moderno! ¡Qué rápido! ¡Qué práctico! Sí. Práctico… Para ellos. Porque en cada máquina de auto-check-out hay un puesto de trabajo menos.

Y en cada cliente que acepta escanear su compra, hay una empresa que está ahorrándose salarios, seguros y beneficios. Claro… Todo esto a cambio de nada. Ni propina. Ni descuento. Ni un “gracias por su colaboración”.

A veces me pregunto: ¿qué vendrá ahora? ¿Tendremos que limpiar el carrito antes de devolverlo? ¿Barrer los pasillos que ensuciamos? ¿Reposicionar los tomates mal colocados por otros “clientes-empleados”?

Quizás algún día, pondrán  un letrero en todos los carritos que nos diga: “¡Gracias por ser parte de nuestro equipo!” Y uno, cansado, con el lomo doblado y sin monedas en el bolsillo, se sienta feliz… porque colaboró.

EL MOSQUITAZO

Trabajas gratis, pero con emoción. Publix ahorra ¡y tú con ilusión!

Escaneas el pan, empacas el arroz, no cobras ni un peso… ¡pero te sientes el boss!

Un día, quién sabe, te darán un pin dorado: “Cliente del mes… ¡por no haber cobrado!”