Foto: New York Post
Mientras muchos negocios se obsesionan con atraer jóvenes sin dinero y con demasiadas opiniones, Hooters entendió —tarde, pero a tiempo— quién sí es su verdadero cliente, el de verdad, verdad:
El hombre mayor, tranquilo, fiel, con dinero para gastar y sin complejos.
Este no viene a “vivir la experiencia”.
Viene a sentarse, comer, conversar, reírse
y seguir siendo quien siempre ha sido.
Gracias a él, la cadena de restaurantes más atractiva a los hombres está renaciendo como ave fénix de sus cenizas.
Hooters no se salvó cambiando el menú.
Se salvó dejando de ignorar a su mejor cliente:
El americano promedio que gusta de tomarse unas cervezas y comerse unas alitas de pollo con papas fritas mientras observa las pechugas del corral.
