La plaga del pedal

Los fines de semana, en Miami, las calles y avenidas se llenan de legiones de ciclistas urbanos que cambian el volante por el manubrio… y la humildad por la arrogancia.

Disfrazados como si fueran a salvar el planeta —con trajes de lycra más apretados que torniquete de campo de batalla— invaden las vías principales, olvidando que no tienen placa, ni licencia, ni prioridad alguna para usarlas. Se olvidan de que también son conductores, pero el fin de semana se sienten intocables. Majestades del pedal.

Podrían rodar por calles secundarias, ¡pero no! Quieren que los vean. No sudan por salud, sino por vanidad. Buscan atención, no respeto. Quieren que el tráfico se detenga… para rendirles homenaje. Como si fueran superhéroes en una misión. Solo que su misión es jodernos la paciencia a quienes sí tenemos ruedas… y derechos.

El Mosquitazo:
Se creen velocistas de élite,
sin pagar por usar el asfalto…
Y uno detrás, en su carrito,
maldice su ego tan alto.