Primero lo declararon inútil, luego caro, y ahora resulta que el penny es “especie en extinción”. Los mismos que lo tiraban al piso o lo dejaban olvidado en el cenicero del carro, hoy lo buscan desesperados como si fuera oro puro. Trump, con su sonrisa en cobre y su ojo guiñado, les recordó que fabricar una moneda que vale un centavo cuesta tres. Y en su lógica empresarial, eso es llevar el carro al autolavado cuando está lloviendo… ¡Pura pérdida!
Así que el país que imprime dólares sin respaldo se quedó sin pennies con respaldo. Los bancos lo llaman “escasez” y los medios “crisis». Mientras tanto, los jarros de cocina rebosan de cobre dormido y las cajas registradoras redondean hacia arriba. Ironías del capitalismo: el centavo que nadie quería ahora vale más que nunca — solo porque Trump le cerró la mina.
Yo creo que toda esta alharaca es, de nuevo, una jugarreta de los zurdos que no pierden oportunidad para joder la paciencia de Trump.
