¿Has notado el curioso paralelismo entre el cuerpo humano y nuestra sociedad? Ambos están formados por sistemas, cada uno con funciones específicas, y ambos viven en constante movimiento.
En el cuerpo, no puedes trasladar alegremente una célula de un sistema a otro y esperar que todo siga funcionando igual. Cada una fue diseñada para cumplir una tarea concreta. Las células musculares se estiran y se contraen; las del tejido gástrico trabajan en un ambiente ácido; las del cerebro procesan información y nos permiten pensar.
¿Y las del ano? Bueno… esas fueron diseñadas específicamente para lidiar con excrementos.
En la sociedad ocurre algo parecido. Tenemos científicos y académicos dedicados al conocimiento; atletas que entrenan durante años para competir; obreros que construyen nuestras ciudades y trabajadores que se encargan de mantenerlas limpias.
Cada cual desempeña una función distinta.
Sería absurdo poner a un obrero de la construcción a dictar una cátedra de neurocirugía o enviar a un científico nuclear a repartir comida en DoorDash.
Pero aquí viene la pregunta verdaderamente importante:
¿Qué ocurriría si trasplantáramos células del ano al cerebro?
Muy sencillo:
Nos pondríamos a pensar mierda.
