Juan Aguilar ya no podía con la vida de prófugo. Cada vez que tocaban la puerta, se disfrazaba de plomero, de primo lejano o hasta de testigo de Jehová. Hasta que un día explotó: sacó un tablón, lo pintó de verde y escribió la frase que sellaba su hartazgo:
“VENDO TODO. ME VOY A LA MIERDA.”
Y cumplió. Vendió la plancha oxidada, la mecedora coja y hasta el espejo roto. Se largó con maleta y todo, antes de que ICE llegara.
Cuando ICE llegó, la casa estaba vacía… salvo por doña Juana, la suegra: ojerosa, de mal carácter y con un cafecito en la mano. Los oficiales, cansados de tanto trabajo inútil, se miraron entre ellos y decidieron castigar a Juan donde más le dolía:
—No atrapamos a Juan, pero deportemos a su suegra. Para que lo espere en su rancho.
Y así fue. La subieron a la camioneta y la enviaron en vuelo directo a Michoacán.
Cuando Juan abrió la puerta de su rancho, con la ilusión de haberse librado de su suegra, la encontró sentada, con el mismo café humeante y la misma cara de juicio final. Y ella, con voz de trueno, sentenció:
—Te lo advertí, m’hijo: que ni con ICE te me escapabas.
Moraleja: ICE se cansó de buscarlo, pero encontró la manera más cruel de vengarse: deportarle a la suegra.
