En su reciente visita a la planta de Ford en Michigan, el presidente Donald Trump recorrió las instalaciones saludando, sonriendo poco y escuchando menos. Todo iba según el guion hasta que, desde la línea de producción, un trabajador decidió salirse del libreto y le gritó: “Protector de pedófilos”.
Trump lo escuchó y respondió, no con palabras medidas ni con gesto diplomático, sino con el dedo medio, ese que no necesita traducción ni intérprete.
Después del incidente, en la Casa Blanca analizaron el video del caso en el Situation Room. Confirmaron la autenticidad del video, verificaron que se trataba del presidente y concluyeron que su reacción fue “apropiada”: apropiada porque hubo provocación, apropiada porque fue humana y apropiada porque, al parecer, los presidentes también tienen derecho a arrecharse.
Mientras algunos criticaban la falta de dignidad presidencial, otros señalaron que Trump no fingió ni esperó el comunicado de prensa. Simplemente, reaccionó como lo haría cualquier otro ser humano.
Ford suspendió al trabajador, la Casa Blanca cerró filas en defensa del presidente y el país siguió discutiendo no sobre el gesto, sino sobre su legitimidad, aun en manos de un presidente.
Este es el final de esta historia; mañana, seguramente tendremos otra más.
