Más claro no canta un gallo

En la India no se come con la izquierda porque es la mano de lo impuro, de lo sucio. Con la que se limpian el trasero. Por lo que más de un billón de personas no pueden estar equivocadas.
Curiosamente, pasa lo mismo con los relojes: giras a la izquierda y retrocedes y hasta puedes dañar el reloj; con los tornillos: giras a la izquierda y aflojas; con las llaves:giras a la izquierda y cierras. La izquierda siempre es retroceso, flojera y ruina.

Y no es teoría: es historia escrita con sangre, sudor y lágrimas:
La URSS dejó gulags, represión y hambre. Cuba ha explotado la miseria por más de sesenta años. Venezuela convirtió la mayor reserva petrolera del planeta en el uno de los éxodos humanos más cuantiosos. China mató millones y todavía ejerce un severo control sobre sus ciudadanos. Y Corea del Norte sobrevive a punta de raciones y miedo.

Donde manda la izquierda, impera la miseria. Donde manda el comunismo, todo se arruina. Y lo peor: todavía lo quieren vender como si fuera “justicia social”. Pero, la verdad es que es puro veneno envuelto en ñoña.

Por eso Milei, cuando lo cuestionaron sobre por qué los llama zurdos de mierda, respondió sin dudar: “Porque lo son… ¡Son una mierda!” ¡Más claro no canta un gallo! Porque la izquierda no es alternativa ni propuesta: es atraso, miseria y represión. En una sola palabra son: mierda.

MOSQUITAZO

La zurda te hunde en promesas gastadas,
te deja sin pan, ni futuro, ni hogar,
la diestra levanta naciones honradas,
camino con fuerza que logra avanzar.

¿Para qué sirve una Servilleta?

¿Qué es para ti una servilleta?
¿Un pedazo de papel sin valor alguno, algo que usas y tiras sin pensarlo?

Pues, bien, para mí es otra cosa:
la servilleta es la prueba de cómo vivimos malgastando sin conciencia.
La gente automáticamente arranca diez, usa una y deja nueve intactas sobre la mesa.
El personal de limpieza  las recoge y, sin pestañear, todas van a parar directo al basurero.

¿Y pensar que una sola servilleta puede servir a tantos posibles usos?
– Limpiarte la boca (su único uso oficial).
– Sonarte la nariz.
– Secarte el sudor de la frente.
– Secar lágrimas.
– Tapar un estornudo.
– Limpiar los lentes empañados.
– Ponerla debajo de un mueble cojo.
– Limpiar la pantalla del celular.
– Y hasta para limpiarte el… bueno, tú sabes qué.

Una servilleta puede servir a cien posibles usos,
y la mayoría de ellas terminan desperdiciadas,
sin cumplir la función para la cual fueron fabricadas.
¡Eso sí que da tristeza!

MOSQUITAZO

Cien usos posibles, ninguno dado,
la tiran intacta, limpia y completa.
Su mayor desgracia, destino frustrado:
morir sin haber servido de servilleta.


No le prendas una vela… enciende el AC

Este verano está que quema: Alaska lanzó alertas de calor. El Polo Norte se está derritiendo. Y tú, yo y medio planeta estamos sudando más que en una sauna.
¿Cambio climático? ¿Incremento de la actividad solar? ¿Apocalipsis? Da igual.
En medio de este infierno, lo único que nos mantiene cuerdos y frescos es la divina intervención de Willis H. Carrier, el hombre que en 1902 inventó el aire acondicionado, Sin él, muchas cosas no serían posibles:
Las Vegas y Dubai no existirían, seguirían siendo polvo caliente. El cine veraniego, el trabajo bajo techo, y nadie se atrevería a salir en su auto en pleno mediodía.
Por todo esto, yo imploro a la Santa Iglesia que canonice al Señor Carrier sin más trámite. Que lo declare patrón celestial del frescor, protector de axilas y guardián del termostato universal.
¡San Carrier, ruega por nosotros… y mantennos en 72 grados!
Amén.

MOSQUITAZO

San Carrier, patrón del frescor,
ven a nosotros, por favor.
Enciende ese bendito aparato,
¡y refréscanos aunque sea un rato!

El mercado es el mismo, la experiencia no

Cuando llegué a este país hace casi 30 años, encontrándome aún sin trabajo, el Publix más cercano se convirtió en mi parque de atracciones gratuito. Caminaba por sus pasillos sin comprar nada, solo para ver. Me embobaba con los productos, la abundancia, y la variedad.
El anaquel de las salsas picantes, con docenas de marcas y estilos, fue para mí lo que la Torre Eiffel es para el turista primerizo: inolvidable.
Hasta hoy, ir a Publix sigue siendo un placer, como bien dice su eslogan. A veces paso más de una vez en el día, y nunca me canso de recorrerlo.

Por eso, cuando por casualidad entro a un Winn-Dixie, la experiencia me golpea. Todo es más sucio, más desordenado, más decadente. El rojo chillón en cada esquina me resulta hiriente, como si el supermercado gritara en lugar de hablar. No invita a pasear: te empuja a comprar rápido y salir huyendo.
Claro está, tiene sus ofertas, promociones agresivas y tarjetas de recompensas. Pero la experiencia ambiental es muy distinta.

No es que Winn-Dixie sea inferior, ¡para nada! Es el supermercado práctico, el de la gente que va directo al grano, que busca precio antes que entorno. Pero cuando se puede elegir, Publix es otra cosa:
Es el supermercado donde el carrito se pasea, no se arrastra. Donde la iluminación no deprime y los empleados saludan en vez de gruñir. Publix es el supermercado donde uno no solo compra: también disfruta de la experiencia.

En Miami-Dade hay 245 Publix activos. Así que vayas donde vayas, seguro hay uno a menos de 10 minutos… y si no lo hay, espéralo, que viene en camino.

🦟 Mosquitazo:
En Publix compras y paseas.
En Winn-Dixie pagas uno y llevas dos,
pero si el hambre aprieta y te marea,
¡se compra en cualquiera de los dos!

La vida se va en los semáforos

Los semáforos parecen tener vida propia. A veces da la impresión de que nos están castigando. O burlándose. Según algunos cálculos, pasamos más de seis meses de nuestra vida simplemente… esperando a que la luz cambie a verde.

No es un accidente. Es una forma silenciosa de dominación. Tú ahí, sentado en tu cacharrito, con el sol dándote en la cara, viendo cómo el tiempo —y la paciencia— se derriten. El conductor que está adelante revisa su celular, el de atrás te pita por inercia, y tú… atrapado entre gente que está al borde de la histeria colectiva. ¡Nadie se escapa de esta maldición!

Dicen que el tiempo es oro. Pero parece que a los ingenieros de tránsito les encanta desperdiciar el nuestro a cuenta se una supuesta seguridad vial.

El Mosquitazo:

Sentado al volante, inquieto,
viendo el rojo eterno alumbrar…
Me debato entre el apuro y el respeto
y siempre opto por acelerar.

La plaga del pedal

Los fines de semana, en Miami, las calles y avenidas se llenan de legiones de ciclistas urbanos que cambian el volante por el manubrio… y la humildad por la arrogancia.

Disfrazados como si fueran a salvar el planeta —con trajes de lycra más apretados que torniquete de campo de batalla— invaden las vías principales, olvidando que no tienen placa, ni licencia, ni prioridad alguna para usarlas. Se olvidan de que también son conductores, pero el fin de semana se sienten intocables. Majestades del pedal.

Podrían rodar por calles secundarias, ¡pero no! Quieren que los vean. No sudan por salud, sino por vanidad. Buscan atención, no respeto. Quieren que el tráfico se detenga… para rendirles homenaje. Como si fueran superhéroes en una misión. Solo que su misión es jodernos la paciencia a quienes sí tenemos ruedas… y derechos.

El Mosquitazo:
Se creen velocistas de élite,
sin pagar por usar el asfalto…
Y uno detrás, en su carrito,
maldice su ego tan alto.