No le prendas una vela… enciende el AC

Este verano está que quema: Alaska lanzó alertas de calor. El Polo Norte se está derritiendo. Y tú, yo y medio planeta estamos sudando más que en una sauna.
¿Cambio climático? ¿Incremento de la actividad solar? ¿Apocalipsis? Da igual.
En medio de este infierno, lo único que nos mantiene cuerdos y frescos es la divina intervención de Willis H. Carrier, el hombre que en 1902 inventó el aire acondicionado, Sin él, muchas cosas no serían posibles:
Las Vegas y Dubai no existirían, seguirían siendo polvo caliente. El cine veraniego, el trabajo bajo techo, y nadie se atrevería a salir en su auto en pleno mediodía.
Por todo esto, yo imploro a la Santa Iglesia que canonice al Señor Carrier sin más trámite. Que lo declare patrón celestial del frescor, protector de axilas y guardián del termostato universal.
¡San Carrier, ruega por nosotros… y mantennos en 72 grados!
Amén.

MOSQUITAZO

San Carrier, patrón del frescor,
ven a nosotros, por favor.
Enciende ese bendito aparato,
¡y refréscanos aunque sea un rato!

El mercado es el mismo, la experiencia no

Cuando llegué a este país hace casi 30 años, encontrándome aún sin trabajo, el Publix más cercano se convirtió en mi parque de atracciones gratuito. Caminaba por sus pasillos sin comprar nada, solo para ver. Me embobaba con los productos, la abundancia, y la variedad.
El anaquel de las salsas picantes, con docenas de marcas y estilos, fue para mí lo que la Torre Eiffel es para el turista primerizo: inolvidable.
Hasta hoy, ir a Publix sigue siendo un placer, como bien dice su eslogan. A veces paso más de una vez en el día, y nunca me canso de recorrerlo.

Por eso, cuando por casualidad entro a un Winn-Dixie, la experiencia me golpea. Todo es más sucio, más desordenado, más decadente. El rojo chillón en cada esquina me resulta hiriente, como si el supermercado gritara en lugar de hablar. No invita a pasear: te empuja a comprar rápido y salir huyendo.
Claro está, tiene sus ofertas, promociones agresivas y tarjetas de recompensas. Pero la experiencia ambiental es muy distinta.

No es que Winn-Dixie sea inferior, ¡para nada! Es el supermercado práctico, el de la gente que va directo al grano, que busca precio antes que entorno. Pero cuando se puede elegir, Publix es otra cosa:
Es el supermercado donde el carrito se pasea, no se arrastra. Donde la iluminación no deprime y los empleados saludan en vez de gruñir. Publix es el supermercado donde uno no solo compra: también disfruta de la experiencia.

En Miami-Dade hay 245 Publix activos. Así que vayas donde vayas, seguro hay uno a menos de 10 minutos… y si no lo hay, espéralo, que viene en camino.

🦟 Mosquitazo:
En Publix compras y paseas.
En Winn-Dixie pagas uno y llevas dos,
pero si el hambre aprieta y te marea,
¡se compra en cualquiera de los dos!

La vida se va en los semáforos

Los semáforos parecen tener vida propia. A veces da la impresión de que nos están castigando. O burlándose. Según algunos cálculos, pasamos más de seis meses de nuestra vida simplemente… esperando a que la luz cambie a verde.

No es un accidente. Es una forma silenciosa de dominación. Tú ahí, sentado en tu cacharrito, con el sol dándote en la cara, viendo cómo el tiempo —y la paciencia— se derriten. El conductor que está adelante revisa su celular, el de atrás te pita por inercia, y tú… atrapado entre gente que está al borde de la histeria colectiva. ¡Nadie se escapa de esta maldición!

Dicen que el tiempo es oro. Pero parece que a los ingenieros de tránsito les encanta desperdiciar el nuestro a cuenta se una supuesta seguridad vial.

El Mosquitazo:

Sentado al volante, inquieto,
viendo el rojo eterno alumbrar…
Me debato entre el apuro y el respeto
y siempre opto por acelerar.

La plaga del pedal

Los fines de semana, en Miami, las calles y avenidas se llenan de legiones de ciclistas urbanos que cambian el volante por el manubrio… y la humildad por la arrogancia.

Disfrazados como si fueran a salvar el planeta —con trajes de lycra más apretados que torniquete de campo de batalla— invaden las vías principales, olvidando que no tienen placa, ni licencia, ni prioridad alguna para usarlas. Se olvidan de que también son conductores, pero el fin de semana se sienten intocables. Majestades del pedal.

Podrían rodar por calles secundarias, ¡pero no! Quieren que los vean. No sudan por salud, sino por vanidad. Buscan atención, no respeto. Quieren que el tráfico se detenga… para rendirles homenaje. Como si fueran superhéroes en una misión. Solo que su misión es jodernos la paciencia a quienes sí tenemos ruedas… y derechos.

El Mosquitazo:
Se creen velocistas de élite,
sin pagar por usar el asfalto…
Y uno detrás, en su carrito,
maldice su ego tan alto.

¿Cuál es la prisa del muerto?

Uno va tarde. Para el trabajo, una cita médica o necesita ir al baño… pero en plena intersección, cuando el semáforo cambia a verde, allí se aparecen: sirenas, motos, pitos y, atrás, un desfile fúnebre con aires de realeza. ¿Y, tú? Te tienes que esperar a que pase el muerto.

¿Y quién lidera el show? Unos “policías” disfrazados de justicieros motorizados, que detienen todo a su paso como si el muerto llevara una bomba de tiempo. Imponen, gritan, pitan, gesticulan… y uno, como bobo, varado, viéndolos pasar cuando a ti te correspondía el paso, porque el finado va «apurado».

Y yo me pregunto: ¿quién se inventó eso de que el muerto tiene derecho a cruzar sin semáforo? ¡Si el tipo ya no tiene apuro! El que va con prisa soy yo, que estoy vivito y coleando y sin escolta alguna.

¿Solución? ¡Entiérrenlo de noche! Con velas, mariachis, y hasta piñata si quieren. Pero dejen de estar jodiendo a los vivos.

💥 EL MOSQUITAZO:

¿Qué prisa lleva el muerto,
si ya no tiene destino?
¡Y nosotros en medio del camino,
víctimas de este desacierto!

¿Por qué no se los llevan?

Entré a la farmacia CVS por una medicina… y terminé con un ataque de risa.

Todo —y cuando digo todo, es TODO— está bajo llave: desodorantes, jabones, enjuague bucal, etc. Es como si de repente, los criminales hubieran enloquecido por el aseo y la higiene personal.

Si quieres algo, tienes que llamar a un empleado, esperar que llegue con su llavecita maestra y luego pedirle permiso hasta para oler el desodorante a ver si te gusta su aroma.

Pero algo me llamó poderosamente la atención.

Los bronceadores estaban al alcance de todos, como si nadie en su sano juicio fuera a robarlos.

Y al fondo, encontré otra zona sin protección: los libros y revistas. Y, para rematar, las tarjetas para el Día del Padre estaban ahí, a la espera de que se las llevaran. Sin candado, sin alarma… ¡totalmente desprotegidas!

¿Casualidad? ¿Falta de interés o de necesidad?

Yo creo que CVS ha puesto en evidencia algo que nadie se atreve a admitir, al menos no en voz alta:

No hay interés de los criminales en estos productos… ¡No los quieren ni regalados! ¿Por qué será?