La plaga del pedal

Los fines de semana, en Miami, las calles y avenidas se llenan de legiones de ciclistas urbanos que cambian el volante por el manubrio… y la humildad por la arrogancia.

Disfrazados como si fueran a salvar el planeta —con trajes de lycra más apretados que torniquete de campo de batalla— invaden las vías principales, olvidando que no tienen placa, ni licencia, ni prioridad alguna para usarlas. Se olvidan de que también son conductores, pero el fin de semana se sienten intocables. Majestades del pedal.

Podrían rodar por calles secundarias, ¡pero no! Quieren que los vean. No sudan por salud, sino por vanidad. Buscan atención, no respeto. Quieren que el tráfico se detenga… para rendirles homenaje. Como si fueran superhéroes en una misión. Solo que su misión es jodernos la paciencia a quienes sí tenemos ruedas… y derechos.

El Mosquitazo:
Se creen velocistas de élite,
sin pagar por usar el asfalto…
Y uno detrás, en su carrito,
maldice su ego tan alto.

¿Cuál es la prisa del muerto?

Uno va tarde. Para el trabajo, una cita médica o necesita ir al baño… pero en plena intersección, cuando el semáforo cambia a verde, allí se aparecen: sirenas, motos, pitos y, atrás, un desfile fúnebre con aires de realeza. ¿Y, tú? Te tienes que esperar a que pase el muerto.

¿Y quién lidera el show? Unos “policías” disfrazados de justicieros motorizados, que detienen todo a su paso como si el muerto llevara una bomba de tiempo. Imponen, gritan, pitan, gesticulan… y uno, como bobo, varado, viéndolos pasar cuando a ti te correspondía el paso, porque el finado va «apurado».

Y yo me pregunto: ¿quién se inventó eso de que el muerto tiene derecho a cruzar sin semáforo? ¡Si el tipo ya no tiene apuro! El que va con prisa soy yo, que estoy vivito y coleando y sin escolta alguna.

¿Solución? ¡Entiérrenlo de noche! Con velas, mariachis, y hasta piñata si quieren. Pero dejen de estar jodiendo a los vivos.

💥 EL MOSQUITAZO:

¿Qué prisa lleva el muerto,
si ya no tiene destino?
¡Y nosotros en medio del camino,
víctimas de este desacierto!

¿Por qué no se los llevan?

Entré a la farmacia CVS por una medicina… y terminé con un ataque de risa.

Todo —y cuando digo todo, es TODO— está bajo llave: desodorantes, jabones, enjuague bucal, etc. Es como si de repente, los criminales hubieran enloquecido por el aseo y la higiene personal.

Si quieres algo, tienes que llamar a un empleado, esperar que llegue con su llavecita maestra y luego pedirle permiso hasta para oler el desodorante a ver si te gusta su aroma.

Pero algo me llamó poderosamente la atención.

Los bronceadores estaban al alcance de todos, como si nadie en su sano juicio fuera a robarlos.

Y al fondo, encontré otra zona sin protección: los libros y revistas. Y, para rematar, las tarjetas para el Día del Padre estaban ahí, a la espera de que se las llevaran. Sin candado, sin alarma… ¡totalmente desprotegidas!

¿Casualidad? ¿Falta de interés o de necesidad?

Yo creo que CVS ha puesto en evidencia algo que nadie se atreve a admitir, al menos no en voz alta:

No hay interés de los criminales en estos productos… ¡No los quieren ni regalados! ¿Por qué será?

Un nuevo impuesto

Las propinas ya no son voluntarias, son un impuesto disfrazado con efecto inflacionario.

Hoy terminamos pagando hasta un 40% más del costo real de nuestro consumo por su culpa. Lo que antes era un gesto voluntario de agradecimiento se ha convertido en un impuesto disfrazado.

La propina ahora es obligatoria. Si no la dejas, te miran feo. Si la cuestionas, te cancelan. Y si no pagas el 25%, eres un tacaño sin alma.

Con la llegada de Nuestra Señora Pandemia, aparecieron los terminales computarizados por todas partes. Y con ellos, la imposición: antes de siquiera probar el producto o servicio, ya te estaban pidiendo propina. Un 18%, 20% y hasta un 25% están preseleccionados en la pantalla. Y es ahí donde comienza la guerra psicológica.

Quien te atiende se te queda mirando fijamente, como esperando tu reacción. Tú, con la tarjeta en la mano, sientes que cualquier movimiento en falso te delata. Si buscas el botón escondido del “otro monto”, te invade la culpa. Y si no dejas nada… ni te cuento. Aunque nadie diga una palabra, se está librando una batalla campal en tu mente, en la cual, casi siempre sale ganando “¿Qué dirán de mí si no dejo propina?”

Para muchos, el qué dirán pasó a costar más que el café.

Ni tontos ni perezosos, los comerciantes se apropiaron de las propinas, dejando migajas a sus empleados. Entonces, estos fustigan al cliente con una propina sobre la propina. Aunque ya te hayan cobrado un delivery fee, el repartidor te exige lo suyo.

Es así como entre lo que realmente consumes, lo que “sugieren”, lo que te obligan y lo que te exigen, terminas pagando mucho más de lo que deberías. Por eso digo que la propina ya no es gratitud, es inflación pura.

MOSQUITAZO


Propina era un gesto, ya es extorsión,
te cobran sin darte explicación.
La sonrisa no es por gratitud,
es por tu forzada contribución.

Yo no sabía que trabajaba para Publix

Yo no recuerdo haber llenado una solicitud de empleo. Ni haber ido a una entrevista. Mucho menos, haber firmado un contrato. Y sin embargo…trabajo allí.

Escaneo productos. Los meto en bolsas. Peso productos.Y hasta tengo que llamar a un supervisor cuando la máquina decide que no le gusta cómo pongo las cosas en la bandeja.

Lo más curioso de todo es que no me pagan todo mi trabajo. Nadie me ha dado un cheque. Ni un bono de productividad. Ni siquiera me han dado las gracias.

Pero ahí estoy, haciendo el trabajo que antes hacía alguien con camiseta verde y sonrisa forzada.

Al principio pensé que era una novedad. Una forma moderna de acelerar las filas. Un “extra” para los que llevamos pocas cosas. Hoy entiendo que no. No es un avance tecnológico. ¡Es una trampa! Nos convirtieron en empleados sin paga. En cajeros de fin de semana. En trabajadores silenciosos… y gratuitos.

Y lo peor es que lo aceptamos. Y hasta lo celebramos. ¡Qué moderno! ¡Qué rápido! ¡Qué práctico! Sí. Práctico… Para ellos. Porque en cada máquina de auto-check-out hay un puesto de trabajo menos.

Y en cada cliente que acepta escanear su compra, hay una empresa que está ahorrándose salarios, seguros y beneficios. Claro… Todo esto a cambio de nada. Ni propina. Ni descuento. Ni un “gracias por su colaboración”.

A veces me pregunto: ¿qué vendrá ahora? ¿Tendremos que limpiar el carrito antes de devolverlo? ¿Barrer los pasillos que ensuciamos? ¿Reposicionar los tomates mal colocados por otros “clientes-empleados”?

Quizás algún día, pondrán  un letrero en todos los carritos que nos diga: “¡Gracias por ser parte de nuestro equipo!” Y uno, cansado, con el lomo doblado y sin monedas en el bolsillo, se sienta feliz… porque colaboró.

EL MOSQUITAZO

Trabajas gratis, pero con emoción. Publix ahorra ¡y tú con ilusión!

Escaneas el pan, empacas el arroz, no cobras ni un peso… ¡pero te sientes el boss!

Un día, quién sabe, te darán un pin dorado: “Cliente del mes… ¡por no haber cobrado!”

MEDICARE: Un monstruo de 4 cabezas

Cumplir 65 en los Estados Unidos de América tiene sus ventajas. Una de ellas, al menos en teoría, es que entras al mundo de Medicare. Pero no te emociones todavía: esto no es una fiesta, es un laberinto con siglas. Un monstruo de cuatro cabezas que, si no te comes con calma, te indigesta con gusto. Aquí van sus partes, bien explicaditas y sin anestesia.

PARTE A:
Es la más básica. Cubre hospitalización, pero no creas que te pone en suite con flores. Cubre lo necesario, lo justo… y a veces, ni eso. Dicen que es “gratis”, pero ya lo pagaste durante toda tu vida laboral, así que no te están regalando nada. No es generosidad, es devolución a regañadientes.

PARTE B:
Cubre doctores, consultas y servicios ambulatorios. Aquí es donde empieza el cobro mensual. Así que sí: para que te vean la cara, primero tienes que pagar. Si no te inscribes a tiempo, te cae penalidad. Como en el colegio… pero con tu salud.

PARTE C (Medicare Advantage):
Un Frankenstein armado por las aseguradoras privadas. Te venden que todo está incluido, pero cuidado: a veces ni el sentido común está cubierto. Requiere autorización para casi todo. Es como tener un seguro… que hay que pedirle permiso para usar.

PARTE D:
Cubre los medicamentos. O parte de ellos. O algunos, a veces. Y cuando más los necesitas, aparece el infame “donut hole”, ese vacío de cobertura donde pagas más y entiendes menos. No es broma: ni el azúcar te lo cubre si eres diabético. Bienvenidos al hueco.