¿Orgullo de qué?

¿Y Junio no era el Mes del Orgullo Gay?

¿Y ahora? Ni una banderita. Ni un desfile. Ni nada.
Lo que antes era gritería, hoy es silencio.

Trump lo advirtió cuando dijo, ante el Congreso:
“No hacía falta más que un nuevo presidente.”

Solo bastaron unos cuantos meses para que a la izquierda se le olvidara su propio abecedario: LGBTQ+ y, ahora andan ocupados en otras guerras:
contra ICE, Israel, la oligarquía, el autoritarismo de Trump, y… con lo que sea.

La verdad es que la izquierda no tiene causa.
Tiene picazón.

Hoy le pica por aquí, mañana se rasca por allá.

Y mientras tanto, los únicos que desfilan son los votos hacia el bando republicano.

Qué feas son las zurdas

Dicen que la belleza está en el ojo del que mira… pero cuando uno ve a ciertas congresistas demócratas, la belleza brilla por su ausencia.

Ahí las tienes. Maxine Waters, con peinado de espantapájaros y voz de megáfono. Ilhan Omar, que frunce más la cara que la bandera del ISIS. Jasmine Crockett, su mirada de caricatura mal dibujada. Rashida Tlaib, con expresión de eterna protesta, Pramila Jayapal, con su cara de sempiterna tragedia. Y Debbie Wasserman Schultz, que nunca ha ido a una peluquería.

¿Coincidencia? ¿Perversión genética? ¿O será que la ideología zurda les corroe la mente y el cuerpo, con énfasis en sus rostros? Todos ellos reflejan lo que pulula en sus desviadas mentes.

Quizás no nacieron feas. Pero el resentimiento militante, el odio al hombre blanco, al rico, al bonito y al heterosexual, deja sus marcas indelebles.

Mientras tanto, al otro lado del pasillo, las republicanas lucen como si salieran de una revista de modas: Kristi Noem, Secretaria de Seguridad Nacional, Karoline Leavitt, Secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Anna Paulina Luna, Representante de Florida, y  Mayra Flores de Texas. Eso sin contar a Melania Trump, radiante. Y a Ivanka, de portada. ¿Será que la derecha conserva… hasta el buen gusto?

La izquierda no es fea por fuera. Es fea por dentro. Y esa fealdad, es como el moho, se nota y hiede.

No todas las feas son zurdas, pero en la izquierda están todas.

De vocera a buhonera

WASHINGTON, D.C. — Karine Jean-Pierre, exvocera de la Casa Blanca, acaba de anunciar que abandona el Partido Demócrata y ahora se declara “independiente”. Lo hizo justo antes de lanzar su nuevo libro: “Independiente: una mirada al interior de una Casa Blanca rota”.

Durante años ella defendió cada paso en falso de Biden, asegurando que estaba “tan ríspero como siempre”, mientras lo veía congelarse en el escenario y caerse a pedazos en cada aparición pública. Ahora, ha decidido abandonar el barco antes de que termine de hundirse, tal como una rata, pero con su manuscrito en mano y un contrato editorial bajo el brazo.

Su libro sale a la venta el 21 de octubre. Sin embargo, algunos creen que otros se le adelantaron con otras confesiones —como Jake Tapper— y, por eso, optó por anunciarlo desde ahora antes de que alguien más se le vuelva a adelantar.

Pues, ahí tienen a la exvocera oficial del Titanic Demócrata ahora tratando de vender su libro a como dé lugar. Antes, ella decía que no había nada que ocultar. Ahora está ansiosa por contarlo todo, a cambio de unos cuantos dolarillos. ¿Independiente? No. Dependiente… de las regalías de la venta de su desafortunado libro. ¡Muy bonita que le quedó la jugarreta!

La Bestia y la Bella de la Casa Blanca

Durante buena parte del desgobierno de Biden, la Casa Blanca tuvo de vocera a una imbécil cuyo mayor talento era leer… y, pa’remate, lo hacía bien mal.

Karine Jean-Pierre, la Bestia de este cuento —y no por culpa de un hechizo. Sino por bruta, fea e inepta. Bruta, porque no sabía ni qué decía.Inepta, porque cada respuesta era incierta y falsa. Y fea… bueno, su peinado parecía un coleto sucio olvidado en un pasillo de la Casa Blanca.

Y entonces, llegó Trump y apareció Karoline Leavitt. Con apenas 27 años y más agallas que todo el partido demócrata completo, barrió la sala de prensa sin trapeador.

La Bella. No solo por linda (que lo es y mucho), sino por eficaz. Porque por fin alguien habla sin temblar, sin leer, y sin pedir perdón.

Donde antes había confusión, ahora hay certeza. Donde antes había incertidumbre, ahora hay resultados. Y los periodistas, que antes salían de la Sala de Prensa con dolor de cabeza y hasta nauseas, ahora al menos salen informados.

Ya hay quienes llaman a Leavitt “la francotiradora de la Casa Blanca”. Y no es para menos: donde ella pone el ojo va una categórica respuesta. ¡No se le escapa ninguna!

Dos dinosaurios en vías de extinción

El gobierno de Estados Unidos de América ha decidido suspender las transmisiones de Radio Martí, y no puedo más que aplaudir. No porque no me interese la libertad de Cuba, sino porque seguir insistiendo en este vetusto medio, después de 40 años sin resultados, es como intentar revivir el telégrafo en la era del internet. Los tiempos han cambiado, y los hábitos de los cubanos también. Actualmente, no tenemos ninguna garantía de que alguien en la isla siga escuchando sus transmisiones.

Lo cierto es que los únicos realmente perjudicados por la desaparición de Radio Martí son sus empleados, quienes se aferran a sus puestos de trabajo como balseros en alta mar. De los aproximadamente 100 empleados de la Oficina de Transmisiones a Cuba, que está a cargo de la radioemisora, 46 son empleados profesionales registrados en la nómina federal, todos con salarios superiores a $100,000 dólares anuales. Esta radio llegó a costarle al pueblo americano más de 20 millones de dólares al año.

Y ya que hablamos de radios financiadas con dinero público, ¿por qué no aprovechar la ocasión y eliminamos también NPR (Radio Pública Nacional)? Su programación está plagada de ideología de izquierda, y su noticiero —ironías de la vida— ni siquiera es nacional, sino el de la BBC (British Broadcasting Corporation), el cual es narrado con un pesado acento británico que lo hace difícil de entender.

Al parecer, tendremos que decirle adiós a Radio Martí. Si alguien todavía quiere enviar mensajes de libertad a Cuba, que lo haga con métodos más eficaces, acordes a los tiempos actuales, sin burocracia y sin que los contribuyentes americanos tengamos que seguir pagando por algo que, aunque romántico, ya no funciona.

La Sala de Torturas de la Casa Blanca

En la Casa Blanca, en Washington D.C., existe una sala de torturas reservada exclusivamente para presidentes extranjeros.

No tiene látigos ni grilletes, pero sí una silla infame.
Y está ubicada en el corazón mismo del poder: la Sala Oval.

Ese sillón no está hecho para el descanso.
Está diseñado para hacer pasar las de Caín a todo líder que se atreva a contradecir al presidente Trump.


🕺 Primera víctima: Volodymyr Zelensky – Ucrania

El primero en sufrir sus efectos fue el presidente ucraniano.

Apenas bajó de su limusina, comenzó su tortura.

Vestido con un suéter verde ceñido, sin saco ni corbata, con pinta de bailarín de ballet ucraniano en gira, fue recibido por Trump con una de esas frases que cortan como navaja:

“¿Qué pasó? ¿No tienes saco y corbata? Si no tienes, te prestamos unos.”

Zelensky esbozó una sonrisa nerviosa. Ya intuía lo que le esperaba.
Una vez se sentó en el infame sillón, comenzó la sesión: regaños, humillaciones y hasta amenazas.

El diminuto comediante reconvertido en presidente bajaba la cabeza, abochornado, mientras las cámaras del mundo captaban su penosa sumisión diplomática.


🍁 Segunda víctima: Mark Carney – Canadá

La siguiente víctima fue el recién nombrado primer ministro de Canadá.

Entró con la frente en alto, traje impecable y aires de tecnócrata global.
Pero en cuanto se sentó, Trump lo pulverizó con preguntas punzantes, recordatorios históricos y un tono inquisidor que no dejaba espacio para escapar.

Carney balbuceó.
Intentó justificar su postura antiamericanista.
Pero al salir, solo pudo balbucera una que otra disculpa… y evitar a la prensa.


🌍 Tercera víctima: Cyril Ramaphosa – Sur África

El caso más reciente fue el del presidente de Sudáfrica.

Ya venía advertido.
Sabía que Trump le había tendido una emboscada.
Aun así, subestimó las habilidades del Presidente Trump.

Él no se esperaba que Trump le restregara en la cara un vergonzoso video y lo acusara —frente a todos— de ser cómplice de la matanza de granjeros blancos en su país.

Ramaphosa intentó defenderse…
pero se le enredó el volador, los argumentos y hasta el alma.

Así fue como la silla de torturas cobró su tercera víctima.
Y el mundo volvió a presenciar otra humillación presidencial en vivo y directo.


⚠️ Advertencia final:

Si eres presidente extranjero y estás leyendo El Mosquito —porque sabemos que algunos lo hacen— y recibes una cordial invitación de Donald Trump para visitar la Casa Blanca…

¡Ni se te ocurra aceptarla!
Porque puede que entres por la puerta principal con tu mejor sonrisa diplomática…
pero salgas por la de atrás,
con la dignidad metida entre las nalgas y la prensa mundial esperándote en la acera de enfrente.