Un nuevo impuesto

Las propinas ya no son voluntarias, son un impuesto disfrazado con efecto inflacionario.

Hoy terminamos pagando hasta un 40% más del costo real de nuestro consumo por su culpa. Lo que antes era un gesto voluntario de agradecimiento se ha convertido en un impuesto disfrazado.

La propina ahora es obligatoria. Si no la dejas, te miran feo. Si la cuestionas, te cancelan. Y si no pagas el 25%, eres un tacaño sin alma.

Con la llegada de Nuestra Señora Pandemia, aparecieron los terminales computarizados por todas partes. Y con ellos, la imposición: antes de siquiera probar el producto o servicio, ya te estaban pidiendo propina. Un 18%, 20% y hasta un 25% están preseleccionados en la pantalla. Y es ahí donde comienza la guerra psicológica.

Quien te atiende se te queda mirando fijamente, como esperando tu reacción. Tú, con la tarjeta en la mano, sientes que cualquier movimiento en falso te delata. Si buscas el botón escondido del “otro monto”, te invade la culpa. Y si no dejas nada… ni te cuento. Aunque nadie diga una palabra, se está librando una batalla campal en tu mente, en la cual, casi siempre sale ganando “¿Qué dirán de mí si no dejo propina?”

Para muchos, el qué dirán pasó a costar más que el café.

Ni tontos ni perezosos, los comerciantes se apropiaron de las propinas, dejando migajas a sus empleados. Entonces, estos fustigan al cliente con una propina sobre la propina. Aunque ya te hayan cobrado un delivery fee, el repartidor te exige lo suyo.

Es así como entre lo que realmente consumes, lo que “sugieren”, lo que te obligan y lo que te exigen, terminas pagando mucho más de lo que deberías. Por eso digo que la propina ya no es gratitud, es inflación pura.

MOSQUITAZO


Propina era un gesto, ya es extorsión,
te cobran sin darte explicación.
La sonrisa no es por gratitud,
es por tu forzada contribución.

Las dos ovejas negras

Cuba y Venezuela.
Son los únicos dos países hispanoparlantes del continente americano bajo restricciones migratorias impuestas por Estados Unidos de América.

¿Razón?
No es el embargo. No es el “bloqueo”. No es la CIA.
Es el comunismo que pudre todo lo que toca.

Mientras el resto del continente puede entrar, salir y hasta ir de visita a Disneyworld, Cuba y Venezuela aparecen en la misma lista negra que un grupo de joyitas internacionales como Yemen, Irán, Siria, Sudán y Myanmar.
Sí, esos países que exportan terrorismo, represión, hambruna…
Y ahí están los dos, codeándose con lo peorcito del planeta.

¿Vergüenza? Ninguna. ¿Responsabilidad? Menos.
Ellos insisten en que todo es culpa del imperio.
Pero son los únicos países en América considerados un riesgo migratorio serio.
Por desorden… Por fraude… Por miseria estructural.
Y por empujar a millones de sus ciudadanos a huir como sea… y a donde sea.

Mientras el mundo avanza, ellos retroceden.
Y sus gobernantes —esa élite putrefacta y delirante— siguen hablando de revolución… cuando lo único que reparten es hambre, miseria y destierro.

Cuidado con lo que deseas

A la caterva de jueces zurdos que intentan sabotear las acciones emprendidas por la actual administración en materia migratoria, les puede salir el tiro por la culata con la extradición del «Padre de Maryland» desde el CECOT en El Salvador.

El Departamento de Justicia finalmente accedió a traer de vuelta a este delincuente para someterlo a juicio, a petición de jueces liberales y activistas. Pero, la justicia lo está esperando con las esposas abiertas, porque sobre él pesan cargos adicionales de tráfico de inmigrantes ilegales.

Los jueces que abogan por el debido derecho de este criminal deben tener cuidado con lo que desean, porque este caso es una bomba de tiempo que les puede explotar en sus propias narices.

La Bestia y la Bella de la Casa Blanca

Durante buena parte del desgobierno de Biden, la Casa Blanca tuvo de vocera a una imbécil cuyo mayor talento era leer… y, pa’remate, lo hacía bien mal.

Karine Jean-Pierre, la Bestia de este cuento —y no por culpa de un hechizo. Sino por bruta, fea e inepta. Bruta, porque no sabía ni qué decía.Inepta, porque cada respuesta era incierta y falsa. Y fea… bueno, su peinado parecía un coleto sucio olvidado en un pasillo de la Casa Blanca.

Y entonces, llegó Trump y apareció Karoline Leavitt. Con apenas 27 años y más agallas que todo el partido demócrata completo, barrió la sala de prensa sin trapeador.

La Bella. No solo por linda (que lo es y mucho), sino por eficaz. Porque por fin alguien habla sin temblar, sin leer, y sin pedir perdón.

Donde antes había confusión, ahora hay certeza. Donde antes había incertidumbre, ahora hay resultados. Y los periodistas, que antes salían de la Sala de Prensa con dolor de cabeza y hasta nauseas, ahora al menos salen informados.

Ya hay quienes llaman a Leavitt “la francotiradora de la Casa Blanca”. Y no es para menos: donde ella pone el ojo va una categórica respuesta. ¡No se le escapa ninguna!