La Tarjeta Dorada de Trump

¡Qué ironías tiene la vida!
Después de andar gritando “no más inmigración”, ahora resulta que Trump dice que sí puedes entrar a América… siempre y cuando vengas con un maletín con un millón de dólares. Como mínimo.

¡Vaya sorpresa!

El pobre Juan Pérez pasó ocho años cortando césped, convencido de que lo que le faltaba para obtener su visa era aprender inglés.
Hoy descubre que no era el inglés lo que necesitaba, sino CASH.
Porque, como dicen en Hialeah: Aquí lo que importa es el cash.

La nueva Gold Card, emitida por el gobierno americano, viene a resolver —por fin— todos los problemas migratorios:

  • ¿Quieres vivir legal en el país? Paga.
  • ¿Quieres papeles rápidos? Paga más.
  • ¿Eres pobre? Bueno… haz la cola y reza sopotocientos rosarios a ver si tienes suerte.

Eso sí.
Trump promete que esta tarjeta atraerá “lo mejor de lo mejor”.
Porque nada dice talento como tener el bolsillo lleno de dolarcillos.

Einstein, Bezos, Messi…
y también el que lava platos (si se gana el Lotto).
Todos son bienvenidos.
Eso sí: con un millón en la mano.

En resumen:
Estados Unidos cerró la puerta…
pero abrió la caja registradora.

Adolf Hitler vuelve al poder…

En un país africano que fue una antigua colonia alemana, acaban de reelegir a un político llamado Adolf Hitler Uunona. Sí, así mismito y sin hacer escándalo alguno, la gente votó como si estuviera eligiendo al presidente de la HOA.

Mientras tanto, en nuestras tierras “civilizadas” no puedes ni hacer ni un chiste con ese nombre sin que aparezca una patrulla de ofendidos profesionales.

Para colmo, el político en cuestión asegura: “Mi papá no sabía quién era ese señor. A él le gustaba ese nombre y me lo puso”. Ajá. ¡Yo te aviso chiruli!

Esto ocurrió en Namibia, un auténtico desconocido geográfico.

Como van las cosas, no sería raro que pronto en Miami nos aparezca un concejal llamado Mao Tse-Tung Martínez… y gane porque sonríe más que Mandani.

Vale más que un cobre

Primero lo declararon inútil, luego caro, y ahora resulta que el penny es “especie en extinción”. Los mismos que lo tiraban al piso o lo dejaban olvidado en el cenicero del carro, hoy lo buscan desesperados como si fuera oro puro. Trump, con su sonrisa en cobre y su ojo guiñado, les recordó que fabricar una moneda que vale un centavo cuesta tres. Y en su lógica empresarial, eso es llevar el carro al autolavado cuando está lloviendo… ¡Pura pérdida!

Así que el país que imprime dólares sin respaldo se quedó sin pennies con respaldo. Los bancos lo llaman “escasez” y los medios “crisis». Mientras tanto, los jarros de cocina rebosan de cobre dormido y las cajas registradoras redondean hacia arriba. Ironías del capitalismo: el centavo que nadie quería ahora vale más que nunca — solo porque Trump le cerró la mina.

Yo creo que toda esta alharaca es, de nuevo, una jugarreta de los zurdos que no pierden oportunidad para joder la paciencia de Trump.

El Builder-in-Chief

Karoline Leavitt, secretaria de prensa de la Casa Blanca, dijo esta semana que “Trump is the builder-in-chief.”
Y él no ha perdido tiempo en demostrarlo acometiendo la demolición del Ala Este para la construcción del nuevo salón de baile,
piedra a piedra, ladrillo a ladrillo, o en este caso, bloque a bloque.

SE ROBÓ LAS RECETAS, PERO OLVIDÓ LA SAZÓN

Doralzuela, FL. — En la ciudad donde todo huele a sofrito, un cocinero recién contratado se dejó tentar por el olor del éxito y se robó las recetas secretas del restaurante Mordisco Miami. Las cámaras lo grabaron cargando con los cuadernos donde, según el dueño venezolano —agárrense—, reposaban los “ingredientes mágicos” valorados en cientos de miles de dólares.

El sospechoso, Carlos Francisco Gottberg Márquez, terminó arrestado por “robo de secretos comerciales”. Sí, leyó bien: secretos comerciales. Porque en Miami ya no se roba pollo ni bistec… se roba el condimento.

Dicen que lo descubrieron cuando intentó replicar los platos en otro restaurante, pero sin el toque original. Claro: el secreto de una receta no está en el papel, sino en las manos del que la cocina. Y esas no se fotocopian.

En El Mosquito opinamos que hay crímenes peores, como servir arroz quema’o o caraotas duras. Pero la moraleja es clara: quien quiere brillar en la cocina no necesita robar recetas, sino tener su propia sazón.

Porque la sazón, amigo, no se compra ni se hurta: se suda, se trabaja y se aprende. Y si no, que lo diga el cocinero detenido… desde la “nevera” del condado.