La Lista de Epstein: El laxante de la Élite

Lo que iba a ser el escándalo del siglo, de pronto se volvió tema prohibido. Trump dijo «ya basta de la cantaleta» y ¡zas! todos se callaron. El FBI se hizo el bobo y los medios miraron pa’l techo.

Pero el tufo sigue. Hasta el Presidente de la Cámara pide que se publique la dichosa lista. Porque, vamos a ver: si no hay lista… ¿por qué Ghislaine Maxwell está presa?

Algún día se destapa la olla, y prepárense, que esos frijoles huelen a podrido.

El mercado es el mismo, la experiencia no

Cuando llegué a este país hace casi 30 años, encontrándome aún sin trabajo, el Publix más cercano se convirtió en mi parque de atracciones gratuito. Caminaba por sus pasillos sin comprar nada, solo para ver. Me embobaba con los productos, la abundancia, y la variedad.
El anaquel de las salsas picantes, con docenas de marcas y estilos, fue para mí lo que la Torre Eiffel es para el turista primerizo: inolvidable.
Hasta hoy, ir a Publix sigue siendo un placer, como bien dice su eslogan. A veces paso más de una vez en el día, y nunca me canso de recorrerlo.

Por eso, cuando por casualidad entro a un Winn-Dixie, la experiencia me golpea. Todo es más sucio, más desordenado, más decadente. El rojo chillón en cada esquina me resulta hiriente, como si el supermercado gritara en lugar de hablar. No invita a pasear: te empuja a comprar rápido y salir huyendo.
Claro está, tiene sus ofertas, promociones agresivas y tarjetas de recompensas. Pero la experiencia ambiental es muy distinta.

No es que Winn-Dixie sea inferior, ¡para nada! Es el supermercado práctico, el de la gente que va directo al grano, que busca precio antes que entorno. Pero cuando se puede elegir, Publix es otra cosa:
Es el supermercado donde el carrito se pasea, no se arrastra. Donde la iluminación no deprime y los empleados saludan en vez de gruñir. Publix es el supermercado donde uno no solo compra: también disfruta de la experiencia.

En Miami-Dade hay 245 Publix activos. Así que vayas donde vayas, seguro hay uno a menos de 10 minutos… y si no lo hay, espéralo, que viene en camino.

🦟 Mosquitazo:
En Publix compras y paseas.
En Winn-Dixie pagas uno y llevas dos,
pero si el hambre aprieta y te marea,
¡se compra en cualquiera de los dos!

La vida se va en los semáforos

Los semáforos parecen tener vida propia. A veces da la impresión de que nos están castigando. O burlándose. Según algunos cálculos, pasamos más de seis meses de nuestra vida simplemente… esperando a que la luz cambie a verde.

No es un accidente. Es una forma silenciosa de dominación. Tú ahí, sentado en tu cacharrito, con el sol dándote en la cara, viendo cómo el tiempo —y la paciencia— se derriten. El conductor que está adelante revisa su celular, el de atrás te pita por inercia, y tú… atrapado entre gente que está al borde de la histeria colectiva. ¡Nadie se escapa de esta maldición!

Dicen que el tiempo es oro. Pero parece que a los ingenieros de tránsito les encanta desperdiciar el nuestro a cuenta se una supuesta seguridad vial.

El Mosquitazo:

Sentado al volante, inquieto,
viendo el rojo eterno alumbrar…
Me debato entre el apuro y el respeto
y siempre opto por acelerar.

Mosquitos con Elefantiasis

Según algunos medios de dudosa reputación, en ALLIGATOR ALCATRAZ, el verdadero castigo no es la deportación… son los mosquitos elefante que pululan en las celdas del lugar.

Ya no se sabe qué duele más: el picotazo o ser deportado. De hecho, un reo —ya en la escalerilla del avión— no se aguantó y gritó:

¡Me largo antes de que otro de esos bichos me pique… ¡Qué va!